03 julio 2009

Los explosivos amores de Juan Carlos Onetti

Hay escritores condenados a ser reconocidos por un solo libro. Ese parece ser el destino de la poeta uruguaya Idea Vilariño autora de pasionales poemas de amor que tienen nombre y apellido: Juan Carlos Onetti (considerado un clásico del género curiosamente ninguno de los poemas del libro fue incluido en la Antología Poesía Amorosa Latinoamericana editada por Biblioteca Ayacucho.
La historia de esas páginas se remonta a la década de los cincuenta cuando a la sazón no se conocían. La vida intelectual de Montevideo y Buenos Aires permitía esas convivencias en las que cada uno y por su lado se reunía con quien quisiera: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Bioy Casares, las hermanas Ocampo (Victoria y Silvina), José Bianco... De esos años (1950) data Número, revista donde comenzó todo. Fundada por Emir Rodríguez Monegal, Mario Benedetti, Manuel Claps e Idea Vilariño, la publicación fue una de las pocas que reseñó con entusiasmo la aparición de La vida breve, un libro de Onetti que prácticamente ignoró la crítica de Buenos Aires. Conocerse como se conocían –al menos porque se habían leído– el encuentro no tardó mucho en precipitarse. Al fin y al cabo uno y otro eran el centro y epicentro de círculos intelectuales que ya los habían llevado poco menos que a los terrenos de la leyenda. Ella hierática. El, maldito. La pareja perfecta. El encuentro debió ser en un café del centro de Montevideo. La historia de lo que ocurrió entonces fue referida por Vilariño a María Esther Gilio y Carlos M. Domínguez en la biografía que ambos periodistas publicaron sobre Onetti (Construcción de la noche, Planeta 1993): 'Estaba seduciéndome a fondo con lo mejor de sí mismo y tanto que yo me quedé convencida de que aquello era la séptima maravilla. Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré'. Burro, perro, bestia.
Pero el encuentro definitivo demoraría algunos meses más. Mientras tanto cultivaron una correspondencia en la que se trataban ridículamente de Usted tomándose algunas licencias: 'Pasó el verano y no viniste', se atrevió a reclamar la Vilariño. De allí a lo inevitable: fueron amantes marcados por explosivas rupturas y reconciliaciones. 'Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui'. CONTINUAR LEYENDO AQUÍ
Los dejo con un vídeo de los últimos días de Onetti, muy pocas veces entrevistado.

30 junio 2009

Nueva web de literatura joven


Me acaba de llegar esta noticia de una nueva web dedicada a la promoción de literatura joven: LITERALGIA, donde se dará énfasis a entrevistas y difusión de los trabajos de los jóvenes autores peruanos. Dice la nota promocional:

"Les presentamos "Tu voz existe", colección audiovisual de literatura joven. Una especie de videoteca literaria donde los escritores jóvenes compartirán sus experiencias y puntos de vista sobre el actual rumbo de la literatura peruana. "Tu voz existe", es un homenaje a Juan Gonzalo Rose, aquel poeta eternamente joven que nos enseñó que la literatura se lleva todo el tiempo en el cuerpo como la respiración o un tatuaje que alguien nos dibujó mientras dormíamos. Aquella frase que cantaba Lucha Reyes, "Tu voz existe", compuesta por este bohemio poeta le cayó muy bien a esta colección, ya que se trata de la viva voz de los jóvenes, fuente de primera mano, sin alzas ni bajas, ellos mismos se retratan. Sin más molestos preámbulos, aquí les dejamos con Eduardo Reyme Wendell, joven escritor, autor del libro de cuentos "Duerme tranquila, Rebecca". En estos días estaremos anunciando la próxima víctima. "

Sombrademares en el diario La Primera

La edición cultural del diario La Primera del día de hoy 30 de junio nos trae una breve pero interesante entrevista al poeta Juan Luis Godoy, autor del estupendo poemario Sombra de mares. Los dejo con el texto:
Arturo Corcuera en el prólogo le dice al poeta Godoy que la poesía es una tarea ardua “y a menudo a cambio de nada. No te olvides, Juan Luis, en este difícil camino que te aguarda”.¿Qué tiene que ver la antropología con la poesía? Mucho. Es que desde esa formación académica y conocimientos provine el lenguaje del poeta Juan Luis Godoy y así lo demuestra además, la visión del mundo que aparece en su libro Sombrademares. El escritor dice: “Empecé a escribir los 17 años, influenciado por Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Vallejo. Sentí que podía recrear mi rabia, frustración, deseo, amor y mis búsquedas personales con total libertad. Mi primer libro fue marcado por la pérdida de mi madre, vomité los poemas sin reflexión ni rigor literario, fue un experimento catártico”. Pero luego vino un proceso de maduración y leyó a Borges, Huidobro, Juarroz, Varela, Peri Rossi, Pizarnik, Eielson, Óscar Málaga, Pimentel, Corcuera, Di Paolo y Bolaño. “De 2001 a 2003 escribí poemas a partir de la contemplación de la niebla, el mar y la luz y sus imágenes. Sombrademares habla sobre las sombras que todos llevamos dentro, de las cosas que buscamos desesperadamente y que a veces encontramos y otras no. Retrato historias propias y ajenas. Me gusta más sugerir que afirmar (hay que desconfiar de las palabras)”. Lo atrae el misterio, el poder de las imágenes y los símbolos. “Escribo – asevera-, veo, huelo y toco, de lo que pueda recordar de mis sueños.”


Foto: Cortesía diario La Primera. Juan Luis Godoy (1975) estudió Antropología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El libro Sombrademares ha sido publicado por Casatomada poesía. Serie Orillas.

29 junio 2009

Tercera Fecha del Primer Terra Festival de Poesía

Martes 30 de junio / Recital
Rafael García-Godos. Víctor Ruiz. Paúl Guillén. Salomón Valderrama. Jimmy Marroquín
Audiovisual: Retratos Parlantes, vídeo documental del Encuentro Latinoamericano de Poesía Actual "Poquita Fe", realizado en Santiago de Chile (Guiraca Producciones).
Performance: Virginia Benavides
Hora: 8 y 30 p.m.
Terra Media Café Bar Cultural
Av. Arenales 2695, esquina con 2 de Mayo de San Isidro
Ingreso libre

Hernán Migoya sobre los 17 fantásticos cuentos peruanos

Hernán Migoya acaba de lanzar hace un par de semanas su nuevo e irreverente blog "Cholo, no te compadezco" donde ¿analiza? algunas realidades tan dramáticas como la característica y mítica belleza del varón español (suficiente con este titulito para correr rumbo a la ventana y saltar desde el octavo piso). Pero Migoya es también escritor, guionista, ácido crítico y un provocador nato. Por eso es que somos amigos. Los dejo con un post donde comenta la antología que editáramos el año pasado con Carlos M. Sotomayor: "17 fantásticos cuentos peruanos".


"Gabriel Rimachi es editor y escritor, una mezcla peligrosa, sobre todo para él. Los editores bohemios son raros: si ya un autor maldito lo tiene difícil, los editores malditos son más insólitos que un Quijote.
En enero pasado, Rimachi me regaló, entre tumbos y alegrías, una antología de cuentos editada junto a su compadre Carlos M. Sotomayor: 17 fantásticos cuentos peruanos (Editorial Casatomada). Lo leí hace meses, pues, y mi recuerdo está distorsionado por el tiempo pasado: pero al mismo tiempo, hay cuentos que se han aposentado en mi memoria...". CONTINUAR LEYENDO AQUÍ

Foto: Hernán Migoya, el provocador domado. Cortesía Caretas

24 junio 2009

Zeppelin, por Dennise Vega Farfán

La autora de los poemarios "EURITMIA" (2005) y “UNA MORADA TRAS LOS REINOS” (Centro Cultural de España & Lustraeditores, 2008), comenta en su blog MATRIZ MUSICAL la reciente aparición de Zeppelin, de Salvador Luis, dice la nota:
Para quienes seguimos el buen quehacer literario a través de la web, no nos es extraña la presencia de LOS NOVELES, una página que goza de una notoria trascendencia y vitalidad, por apuntar sobretodo a la difusión de creación joven pero con calidad; mucho más aún no nos es extraña la dirección de la misma a cargo del narrador Salvador Luis, autor de los libros Miscelánea o el libro geminiano (Ed. Los Underdogs, 2006), Rock duro y metal pesado (Ed. Los Underdogs, 2006) y ahora de ZEPPELIN, recientemente aparecido con la editorial Casatomada, CLIK AQUÍ PARA CONTINUAR LEYENDO
En la foto: Salvador Luis / www.losnoveles.net

Cañete/Festival "En los extramuros del mundo" en su 3ra Edición

El Movimiento Integración Cultural Cañetana y la Municipalidad Distrital de Imperial, con el apoyo del Grupo de Literatura Anábasis, llevarán a cabo el TERCER y último festival cultural EN LOS EXTRAMUROS DEL MUNDO a celebrarse los días 26, 27 y 28 de Junio 2009, en La Plaza de Armas de Imperial - Cañete, con motivo del Centenario de la creación política del Distrito de Imperial.
Como es costumbre, el promotor cultural Erick Sarmiento nos trae una nueva edición del festival cultural más importantes de la Región Lima. En la edición anterior se contó con la presencia del destacado poeta Enrique Verástegui, quien recibió un homenaje por su vasta obra poética. En esta última edición de Extramuros del Mundo, compartiremos la poesía de destacadas poetas como Alessandra Tenorio y Josefina Jiménez; contaremos con la presencia de uno de los estudiosos de la poesía de Enrique Verástegui y el Movimiento Hora Zero, Paúl Guillén; además de dos destacados poetas jóvenes: Diego Lazarte y John López. Cabe resaltar la presencia del poeta y performer Gustavo Reátegui; y del reconocido escritor y editor Gabriel Rimachi Sialer, quien presentará su antología de cuentos preparada por Ediciones Altazor y seleccionada por el autor: "El cazador de dinosaurios". Representando a Imperial tendremos al pintor Aldo Ramírez, al músico Luís Olivares y al narrador Juan Carlos Guerrero.
Quedan todos invitados a esta fiesta del Arte y la Cultura en Imperial. EL INGRESO ES LIBRE.

22 junio 2009

El cazador de dinosaurios en El jardín de libros

Hace algunos meses estuve invitado a participar en un conversatorio de escritores jóvenes (se agradece doble por eso de "jóvenes") organizado por Borrador editores y el Centro Cultural Peruano Británico. Fue justo la noche del concierto de Kiss (se retira el agradecimiento anterior por habernos hecho llegar tarde al concierto), y el balance fue más que positivo, sobre todo porque reunió a una veintena de autores cuyas propuestas son no solo frescas sino, en algunos casos, novedosa; entre ellos Antonio Moretti, autor de Concierto para luciérnagas, editado por Casatomada. De aquel encuentro el director del Jardín de Libros, Julio Zavala, ha hecho una nota donde comenta algunas de las obras publicadas por los invitados a aquel evento. Los dejo con el vídeo.

Juan Gonzalo Rose, Las cartas secuestradas - FIL Lima 2009

Hace ochenta años nació en Barrios Altos el escritor Juan Gonzalo Rose. Casi de inmediato se trasladó a pasar su infancia a Tacna, ciudad que en esos días volvía a ser peruana. Con tal sólo 30 años, y ya instalado otra vez en Lima, se hizo acreedor del Premio Nacional de Poesía
Miembro destacado de la Generación del 50, en su haber se cuentan entrañables entregas como Informe al rey y otros libros secretos o Simple canción. Aunque en sus primeros textos su principal preocupación temática era lo social, conforme pasa el tiempo sus inclinaciones lo van llevando a tratar asuntos más íntimos.Este vate, quien para mala suerte de nuestras letras nos dejara temprano, no limitó su obra a la poesía. También se dio tiempo para dedicarse al periodismo y a la composición musical. No hay criollo que se precie, por ejemplo, que no recuerde el tema “Tu voz”, interpretado por la gran Lucha Reyes.
Su poesía se caracteriza por la ternura. Rose cultiva un verso libre, su obra poética es, al mismo tiempo, conceptual y lírica, la hace con tal finura que sus párrafos o estrofas parecen sujetos a medida, a numerado ritmo de acentos”.
La FIL - Lima 2009, traerá más de una sorpresa, entre ellas, un estupendo trabajo sobre Juan Gonzalo Rose que hemos preparado con Gabriel Rimachi Sialer y Diego Lasarte. Los dejamos con uno de sus poemas más bellos (y tiene muchos...). Ya falta poco para la FIL!!!

Las cartas secuestradas

Tengo en el alma una baranda en sombras.
A ella diariamente me asomo, matutino,
a preguntar si no ha llegado carta;
y cuántas veces
la tristeza celebra con mi rostro
sus óperas de nada.

Una carta.

Que me escriba una carta quien me hizo
los ojos negros y la letra gótica,
que me escriba una carta aquella amiga
analfabeta de pasión cristiana;
duraznos de mi tierra: que me escriban,
vientos los de mi rambla: que me escriban,
y redacte una carta pequeñita
mi hermana abecedaria y pensativa.
Muertos los de mi infancia
que se fueron
dormidos entre el humo de las flores,
novias que se marcharon
bajo un farol diciendo eternidades,
amigos hasta el vino torturado:
¿no hay una carta para Juan Gonzalo?

Si no fuera poeta, expresidiario,
extranjero hasta el colmo de la gracia,
descubridor de calles en la noche,
coleccionista de apellidos pálidos:
quisiera ser cartero de los tristes
para que ellos bendigan mis zapatos.
El día que me muera ¿en una piedra?
el día que navegue ¿en una cama?
desgarren mi camisa y en el pecho
¡manos sobrevivientes que me amaron!
entierren una carta.

20 junio 2009

Zeppelin en la factoria ACME, Nicaragua


Los amigos de la web Marca Acme (click AQUI) acaban de colgar una entrevista que el escritor y también editor Max Palacios le hizo a Salvador Luis, director de la más que interesante web Los Noveles, y autor del libro editado por Casatomada. Click en el link de Acme y disfruten la breve entrevista.

17 junio 2009

Playa Ballena (Lo que se viene en la esperada Antología íntima, de Carlos Calderón-Fajardo)

Dos escritores chilenos jóvenes, íntimos en París en los 60, discípulos de José Donoso. Uno vivía ganando premios literarios de poca monta; el otro se las buscaba como podía. Uno era amigo de Jean Pierre Faye y utilizaba un vaporizador nasal; el otro, situado al margen del mundo, con el hechizo del fracasado, era un típico personaje chejovniano. Publicaron su primer libro con un año apenas de diferencia. Pertenecían a una misma generación expatriada, algo así como insectos acuáticos errantes. Creció subterráneo el que volvió a Chile y ya viejo lo consideraban un escritor secreto, raro, de culto. El que vivió afincado en Europa se hizo muy famoso, además de un francotirador punzante contra la dictadura. Hasta que un día murió Pinochet.
Muchos años habían pasado, casi treinta. El escritor establecido en Santiago había publicado la mayoría de sus obras con su propio peculio y lo veneraban un puñado de lectores. Sus libros eran inhallables en librerías; la crítica los ignoraba. En cambio, el exilado destacaba como la vedette de una importante editorial catalana.
Medio siglo sin verse. Y cualquiera habría dicho que sus caminos no se volverían a cruzar. El escritor radicado en Chile se jubiló de la Universidad Pública donde trabajaba desde su regreso y vivía dedicado a pergeñar a tiempo completo el libro de su vida. Un día terminó de escribirlo. Era una novela, nada menos, y la publicó sin mucha ansiedad ni expectativas. El ser bien acogido por un sector independiente de la crítica lo hizo suponer cosas erróneamente. Se sentía realizado. Quiso compartir su alegría, que su novela la leyesen sus amigos. Empezó a buscar direcciones, sobre todo de aquellos que no veía hacía mucho tiempo. Les envió un correo individual.
Algunos dieron excusas extrañas para no verlo. Y aquel escritor desconcertado con lo que ocurría, sin esperarlo, consiguió el correo electrónico de su viejo amigo de París, que ahora no tenía ningún impedimento para regresar a Chile.
Sin mucha expectativa, le envió un correo muy sobrio, diciéndole que era muy probable que no se acordase de él, pero había publicado una novela y deseaba hacerle llegar un ejemplar y conocer su opinión. El afamado escritor chileno respondió el e—mail. Una respuesta sorprendente, inesperada.
Por supuesto que se acordaba de él. Durante todos esos años radicados en Europa había tratado de ubicarlo. Lo felicitaba por su novela. Le pidió que le dejase un ejemplar en su casa de Santiago. Iba a estar para navidades, momento en el que podían volver a verse y conversar tantas cosas.
El escritor casi secreto inmediatamente llevó un ejemplar de su novela a la residencia santiaguina de su amigo de juventud, ubicada en el barrio Los Condes, con una dedicatoria: “Con la esperanza de vernos pronto, porque el espíritu de Pepé Donoso nos convoca”.
Durante unos meses ambos escritores intercambiaron correos muy cordiales. Hasta que por fin llegó la Navidad.
El laureado autor viajó a Chile. Estaba en Santiago. Pasaron quince días, un mes. No contestaba los correos. Se hacía negar por teléfono. Entonces, el escritor de culto le envió un e—mail manifestándole su deseo de verlo. Sólo quería saludarlo, darle un abrazo, tomar un café, y no lo iba a molestar nunca más.
La respuesta no demoró en llegar. El reputado escritor le informó a su antiguo amigo y colega que al verse asediado en Chile por mucha gente y deseando terminar una novela que tenía retrasada, se había trasladado al Perú, a una lejana playa, llamada Playa Ballena, en Tumbes. Refugiado, de incógnito en ese lugar, pensaba escribir intensamente. Y añadía en el e—mail que no se preocupara si advertía su presencia en los periódicos respondiendo a entrevistas, que no le llamase la atención, porque las había dejado todas grabadas. Sin embargo, una semana después de ese correo, ese mismo escritor apareció en los periódicos, participando de reuniones sociales. Tenía que estar en Santiago.
El oculto escritor sintió una profunda decepción. No podía creer lo que pasaba. Recordaba que su amigo había heredado de su madre el miedo a los pájaros y murciélagos. Sólo le había pedido quince minutos; después cada uno proseguiría su camino, y si se volviesen a ver sería en el más allá, en la insondable eternidad, donde los estaba esperando don Pepé Donoso que tanto los quiso cuando eran jóvenes.
Lo de la Playa Ballena parecía una mala broma. Los caminos se hicieron muy blancos, como dice el poeta. Y aquel hombre sintió como jamás el peso del fracaso. No lo podía aceptar. No podía digerirlo. No le alcanzaba la inteligencia para comprenderlo. ¡Playa Ballena! Su amigo era asmático de nacimiento. De no existir esa playa, eso agravaría la afrenta.
El desairado hizo lo posible por superar su desencanto sin lograrlo. Pensaba todo el día en Playa Ballena. No podía dormir. Su famoso amigo, el exitoso, se había reído de él con una ocurrencia tan a su estilo. ¡Playa Ballena! ¿Así era de triste la vida? ¿Se hacía tan escasa la generosidad cuando se volaba a gran altura? Y de pronto se coló la duda: ¿Y qué si Playa Ballena realmente existía? ¿Qué si todo era verdad? No podía vivir tranquilo hasta no estar seguro si había sido groseramente desairado o no. Tomó un avión a Lima. Y de Lima se dirigió a donde estaba su antiguo compañero de tempranas aventuras.
Llegó muy agotado a Tumbes. Lo primero fue dirigirse a una oficina de turismo y preguntar por Playa Ballena. Para su sorpresa, el lugar existía. Justamente en la tarde salía un mini bus en dirección a esa playa llevando a algunos turistas.
En ese camino, el chofer del vehículo le comentó que esa playa llevaba ese nombre porque alguna vez en sus orillas el mar había varado una ballena gigantesca de color blanco, que justamente por la tonalidad de su piel había causado estupor entre los pescadores de la zona.
El escritor chileno desconocido, muy aficionado a leer antiguas crónicas de viajeros por América Latina, sobre todo aventuras marítimas, —quizás porque Chile es más mar que tierra –recordó enseguida una crónica de un marino francés que contaba sobre la existencia de una enorme ballena albina de nombre Uncle Tom, que había asolado la costa norte del Perú y que existía como leyenda en las tabernas del puerto de Paita a finales del siglo XIX. Cuando este viajero francés visitó dicho puerto, era la misma época que el escritor norteamericano Herman Melville llegaba a ese lugar.
Un escozor invadió todo su cuerpo. La playa donde se dirigía era el lugar donde el mar había varado el cadáver de Moby Dick. La más legendaria de las ballenas de la historia había ido a dejar sus huesos en esa playa desolada y desierta. Desde ese día a ese lugar se le llamó Playa Ballena.
El pequeño ómnibus llegó a su destino. La playa era bella pero como en muchas de las del norte del Perú, no había un hotel sino apenas un albergue para jóvenes mochileros. Ninguno estaba enterado de que en esa playa había exhalado su último suspiro Moby Dick.
Por supuesto que su amigo, el consagrado, no estaba alojado en dicho sitio. Pero, por alguna razón, sintió que había desaparecido de él toda decepción y amargura. Ese albergue rebosaba de seres vivos: jóvenes alegres, bronceados, de pelos largos que zambullían sus cuerpos dorados en las aguas celestes y transparentes de esa hermosísima playa.
La mayoría de los alojados en el albergue eran norteamericanos y europeos, pero había una pareja distinta a los demás. En los ojos de ambos se notaba claramente el brillo del amor. Ella, de tez morena, belleza latinoamericana inconfundible, andaba abrazada con un rubio larguirucho. Él se llamaba Nicholas, y ella le decía Niké, oriundo del estado de Virginia, sus padres cultivaban tabaco. Ella, ecuatoriana, se llamaba Jamilia. Se habían conocido en un pequeño pueblito del Cantón de Ibarra, en Atuntaqui, cerca de las lagunas de Imbabura. Niké era un gringo mochilero, errante. Jamilia estaba por recibirse de odontóloga y se encontraba haciendo medicina rural en ese pequeño pueblito reputado por sus textiles. Ambos hablaban inglés. Niké apenas si masticaba el español. Allí se conocieron. En ese lugar se enamoraron y luego de un corto tiempo decidieron visitar una playa del norte del Perú.
El viejo autor no se presentó como escritor sino como lo que realmente era: un profesor universitario chileno de literatura jubilado.
Entonces Familia cogió su mochila y sacó un libro. Ante los ojos estupefactos del escritor de culto, ella le mostró uno de los libros del otro escritor. Estaba en Playa Ballena, como le dijo por el correo electrónico, pero en la forma de un libro suyo. Un libro de cuentos y en uno de los relatos el escritor célebre mencionaba la Playa Ballena. Era el cuento de un hombre viejo que corrompido por la fama, agobiado por la soberbia y la frivolidad había encontrado paz en esa playa solitaria. El cuento llevaba como epígrafe un pensamiento de budismo Zen: En el silencio, la soledad se desvanece. Era por ese motivo que Jamilia y Niké habían elegido visitar esa playa.
Jamilia había leído todos sus libros, incluso sus interminables y aburridas novelas; recordaba los nombres de los personajes, pasajes enteros de cada texto; algunos cuentos se los sabía casi de memoria.
Es un escritor muy humano, y ustedes los chilenos deben sentirse orgullosos de ser su compatriota, dijo Jamilia.
Al escritor se le aclararon los extraños misterios que envuelven la creación literaria y su relación con la vida. El escritor consagrado era conocido por dedicarse a injuriar a la gente, y a no dejar pájaro con cabeza. Pero era un gran escritor. La literatura no hacía mejores seres humanos a las personas, sobre todo a aquellos dotados de genialidad. Al contrario, los hacía más egoístas, más arrogantes. Pero su obra los salvaba y la inmortalidad les estaba destinada.
Y luego transcurrieron quince días de una vida paradisíaca. Por primera vez en su vida ese escritor fue feliz. Se bañó dichoso en el mar. Con Nicholas, pescó cangrejos. Los tres, con Jamilia, jugaron cartas, cantaron canciones de Nat King Cole a la luz de una fogata. En Playa Ballena, en Tumbes, al norte del Perú, disfrutó del más hermoso atardecer de su existencia.
Hasta que llegó el momento de la despedida. El hombre que siempre vivió escribiendo historias casi en secreto, antes de subir al pequeño ómnibus sintió el llamado de la playa.
Dejó su maletín y fue a despedirse de la bellísima ensenada que no olvidaría jamás. Al llegar a la orilla se quitó los zapatos y las medias. Empezó a caminar descalzo sobre la arena húmeda; el agua de mar acariciaba sus tobillos y hacía desaparecer sus huellas. Atardecía. Un grupo de jóvenes se zambullían bajo las olas. Pero el viejo escritor chileno tenía la vista fija en un recodo de la playa. Le habían informado en el albergue que a ese lugar venían desde tiempos inmemoriales a morir las grandes ballenas. Y allí estaba a la vista el enorme cuerpo de un gigantesco cetáceo en descomposición, pero los rayos del sol que caían sobre el cadáver no producían un espectáculo desagradable a la vista. Todo lo contrario. Lo que parecía verse era un inmenso esqueleto tallado en oro que fue haciéndose negro a medida que llegó la noche.